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Francisco Vázquez
El pasado lunes 15 fue organizada una mesa redonda en el seno de la Universidad de Jaén bajo el título " Transexualidad, intersexualidad y transgenerismo: límites conceptuales y corporales", bajo la coordinación de la profesora Isabel Balza y en el que participaron la antropóloga Nuria Gregorio, el sociólogo " y activista "trans" Aimar Suess y Francisco Vázquez, cuyos trabajos sobre intersexualidad son bien conocidos en nuestro país. El ámbito de interés de la ponencia de Vázquez radica sobre todo en lo que alberga como nueva propuesta teórica en torno a la que ha sido quizás la principal fuente de inspiración de la abrumadora mayoría de los trabajos en torno al sexo, el género, la sexualidad y cómo no también, del grueso de la producción teórica e investigadora gay, lesbiana y queer desde los años 90 : las perspectivas construccionistas. Historiador de formación, cabe recordar que Vázquez es un teórico y ensayista que ha hecho indiscutibles aportaciones precisamente respecto a estas últimas,por no olvidar que es uno de los principales díscipulos en lengua española de Pierre Bourdieu.
Particularmente siempre he sido partidario de distinguir lo que ha sido la tradición teórica y metodológica construccionista ( que remonta ya a los años 70) y su reinterpretación por parte de la teoría queer a partir de los años 90. Vázquez está de hecho entre los investigadores que más apoyo prestaron a esta última cuando todavía era embrionaria, sobre todo porque esta extraña teoría venida del otro lado del Atlántico compartió con la antropología circunstancialista, la historia constuccionista y la sociología interaccionista la puesta en cuestión de los binarismos que se articularon en Occidente desde un punto de vista político, institucional, social, cultural y simbólico. Si bien, al igual que muchos otros, no ha dejado de mostrarse crítico con la prosa oscura que ha caracterizado a bastantes de sus representantes. No está de más recordar el exceso de especulación filosófica que los ha definido en muchos aspectos, cómo lo demuestra de manera chillona la producción ensayistica de Judith Butler, esto sólo por mencionar a algunos de sus principales iconos . Si bien, aquí no me voy a centrar en la crítica que Vázquez y otros han podido formular al encuentro de la teoría queer , sino en su matizada revisión de las perspectivas construccionistas.
La idea básica que ha movido al construccionismo es la de la función primordial que han jugado los contextos sociohistóricos y los procesos de externalización institucional de determinados discursos en la concretización de las realidades culturales y por lo tanto, en los sistemas de representación, significación y simbólización de los mecanismos de interacción inter-individual e inter-colectivo. Los cuales, en el caso de Occidente, han consistido en efecto en dinámicas excluyentes de binarización y dicotomización cuyo máximo exponente ha sido la de la diferenciación y jerarquización de los sexos y de los géneros. El punto nuclear era demostrar que lo que se tomaba por una obra de la naturaleza, (es decir, hombres y mujeres provistos de sus respectivos sexos y funciones sociales), no era en realidad otra cosa que un constructo de la cultura. Elemento que va a permitir refutar, no sólo los sistemas de jerarquización en torno a la cuales se organizaban las relaciones sociales entre los sexos, sino poner patas arriba buena parte de la argumentación psiquiatrica, sexológica y biomédica sobre el innatismo de las conductas y la constitución de los cuerpos. En suma, sirvió de base argumentativa contra la patologización, no sólo de las sexualdiades disidentes, sino también de los cuerpos, que en este caso iba acompañada de toda una discursiva sobre su " monstruosidad". En el caso de los transexuales y intersexuales, el argumento fuerte de los construccionistas radicó en poner de manifiesto que lo que la biomedicina consideraba un error de recorrido por parte de la naturaleza ( por lo tanto corregible con la ayuda de la ciencia y de la medicina), no era en realidad otra cosa que la emanación de un prejuicio cultural frente a todo aquello que saliese de los universos simbólicos historizados, externalizados por las instituciones e internalizados por los miembros de la sociedad. Es decir, el rechazo hacia todo lo que no había sido aprendido socialmente. Visto así, el marica estaría castigado, no por no haber nacido un verdadero hombre, sino por no haber "aprendido" a serlo. Los construccionistas hicieron de esta manera incapié en la variable cultural como principal eje analítico, denunciando el carácter falaz de una naturaleza, que no era concebida como un ente autónomo, sino como el producto de la primera variable. Cómo dijeron Peter.L. Berger y Thomas Luckman desde las perspectivas teóricas de la construcción social de la realidad y de la sociología del conocimiento , el "hombre no tiene naturaleza, sino que crea su naturaleza".
Peter L. Berger, uno de los grandes teóricos construccionistas de los 70
Estos enfoques, aunque ya lejanos y bien asentados académicamente, fueron ampliamente recuperados por la teoría queer a partir de finales de los años 80, sobre todo como una forma de respuesta al rearme homofóbo y transfóbo que se produjo a la par de la pandemia del Sida y de un proceso de (re)esencialización de los binarismos de sexo y género. En efecto, en un clima de revolución conservadora, de auge del fundamentalismo religioso y de puesta en cuestión de practicamente todas las conquistas de los años 70 en materia de libertad sexual, quizás uno de los grandes méritos de la teoría queer fuese la de recordar el lado suspechoso de las representaciones, volviendo a reincidir en la función primordial de la cultura y en ese ya mencionado caracter falaz de la naturaleza. La pregunta que ha planteado hoy Francisco Vázquez es si esa armadura política e intelectual que movió al construccionismo y a su reinterpretación queer, no ha perdido buena parte de su energía, quedando matizada su dimensión emancipadora y radical de antaño.
El elemento clave subrayado por Francisco Vázquez es cómo la biomedicina ha ido desapropiando a los construccionistas de una parte de la artillería argumentativa en la que se basaba la confrontación entre cultura y naturaleza que éstos habían esgrimido. Los construccionistas incidieron en el hecho de que los cuerpos y las formas en las que se ponían en interacción respondían a un proceso de aprendizaje cultural y que nada tenían que ver con los innatismos que la biología le atrabuía. Vázquez ha recordado precisamente de qué manera el mundo de la medicina recurre hoy a su vez a dicho argumento, sobre todo para encontrar una fuente de legitimación a los procesos de patologización. Cómo Francisco Vázquez, la biomedicina explica cada vez menos los desareglos entre sexo y género, ( sobre todo en relación al colectivo intersexual y transexual), en términos puramente psiquiatricos ( en especial a la vista de la creciente deslegitimación y mala prensa que han adquirido los profesionales de este ámbito a la par de las conquistas civiles por parte del colectivo LGTB y del propio cambio de mentalidad en la OMS respecto a las minorías sexuales) y cada vez más a partir de paradigmas psicosociales. De esta manera, la patologización encuentra su base argumentativa en paradigmas conductuales. En otros términos, la transexualidad sería por ejemplo mucho menos una " monstruosidad" de la naturaleza, como el producto del desaprendizaje social de las normas de sexo y género. Esta estrategia, por completar con otros ejemplos, no es exclusiva del mundo de la biomedicina. Acaso habría que recordar que opositores al matrimonio gay y lesbiano no han hecho en absoluto incapié en una supuesta naturaleza humana en la que el matrimonio sólo podría estar constituido por un hombre y una mujer. Muy por lo contrario se han basado en argumentos sociales : por ejemplo muchos de ellos han hecho incapié en que el matrimonio entre personas del mismo sexo, no a la naturaleza humana, sino a las instituciones y a la diferenciación simbólica de los géneros.
Vázquez ha señalado en relación a esto, de qué manera algunos teóricos queer radicales se han encontrado de repente en el mismo barco que los sectores más reaccionarios del mundo de la biomedicina y de la psiquiatría, al recurrir ambos a la cultura y sus procesos de socialización y externalización y ya no a los innatismos de la naturaleza. Su exposición no es en absoluto banal y apela en gran medida a reflexión sobre los límites del construccionismo y a una desidealización de los paradigmas más emancipadores y radicales que lo caracterizaron. Interesante se revela respecto a esto su apuesta por el hecho de que la pluralidad ( piedra angular de la argumentación política queer) empiece a ser buscada en los cuerpos y la naturaleza misma y no sólo en la cultura. En suma, en la experiencia de los propios cuerpos. Una tesis que Vázquez ha apoyado en una serie de argumentaciones de base fenomenológica inspirada en el pensamiento de Merleau-Ponty. Si mal no me equivoco el elemento central resulta ser así la cuestión de la subjetividad, relativizándose al mismo tiempo el papel de los símbolos y los lenguajes. De ahí que la postura de Vázquez parezca apelar a una especie de construccionismo templado, o si se quiere, de neoconstruccionismo, que no se basé sólo en los aprendizajes y su crítica, sino que se interese por las formas de vivir y sentir su cuerpo por parte de cada actor social, gay, lesbiana, transexual o intersexual.
Maurice Merleau-Ponty
A mi modo de ver, este construccionismo templado o lo que yo preferiría denominar mejor neoconstruccionismo ( dado que no pierde su matriz en relación a la crítica de las representaciones y de la socialización, sino que la revisa) , merece un cierto numero de apreciaciones. Estoy deacuerdo con Vázquez en el hecho de que centrarlo todo en el tema del "aprendizaje" nos hace correr el riesgo de caer en la misma argumentación de aquellos que están intentando legitimar los procesos de patologización, tal y cómo acaba de ser expuesto más arriba. Si bien, yo añadiría algun elemento más. Y es que en efecto, si partimos del hecho de que todo son representaciones, productos del lenguaje, de la socialización y de las formas de violencia simbólica, acabamos desarmando al actor social. Sobre todo porque damos por hecho su sistemática situación de alineación y por lo tanto, incapacidad de pensar y sentirse a si mismo. Es más, acabamos generando un trabajo de "descorporalización" del Sujeto, al concebir el cuerpo como pura construcción social y resultado del discurso.
Cuando Monique Wittig dijo en aquella famosa conferencia suya, " Las lesbianas no son mujeres" que ella no tenía vagina, llevó hasta sus últimos extremos el paradigma construccionista. Aquella frase a mi siempre me ha hecho reflexionar y hacerme una pregunta que he puesto sobre la mesa en reinteradas ocasiones, tanto en mis libros como artículos : ¿ Cómo puedo defender la dignidad de aquello a lo que estoy negando existencia material? Si trasladamos el enfoque wittigiano a la situación actual, es decir, si tomamos por insignificante la materialidad del cuerpo, entonces se torna difícil hacer oposición a las formas de agresión sobre él que se suelen poner en marcha desde las instituciones, los poderes políticos y sanitarios, la biomedicina o los clanes familiares o comunitarios. Las operaciones de reasignación de sexo son a menudo formas de agresión sobre el cuerpo, como lo fueron también los tratamientos del VIH o la extirpación de clítoris. Por lo tanto, negar la materialidad y reducirlo todo al orden de las representaciones y de los aprendizajes puede tener un efecto nefasto sobre el actor social. Por ejemplo, las operaciones de reasignación de sexo son a menudo el producto de un prejuicio cultural que pretende restablecer las relaciones lineales entre sexo y género. Y acaso habría que recordar que muchos transexuales e intersexuales sufren de esas intervenciones. Reafirmo por lo tanto mi acuerdo con Francisco Vázquez sobre la necesidad de incidir en la cuestión fenomenológica de la experiencia subjetiva de ese mismo cuerpo. Si bien, no estaría mal que ese campo de la "experiencia" de los cuerpos en su diversidad, desde el intersexualismo hasta el transexualismo, pasando por otras cuestiones como la discapacidad, se convirtiese en un ámbito de investigación sociológica desde un proceso de interacción directa con los actores sociales. Mal asunto podría ser en cambio que se quedase en el mero estadio de la especulación filosófica o de la grandielocuencia retórica ( cosa a la que nos acostumbraron algunos representantes de la teoría queer). Doy por hecho en ese sentido que la cuestión central de ese mismo campo de investigación en las praderas de las ciencias sociales (antropología y sociología en particular) es el de saber en qué términos políticos se transforma esa corporalidad subjetiva y si el actor social es capaz de articular una doble oposición tanto frente a la naturaleza (contra los mecanismos de control social de la biomedicina) como a la cultura (contra las dinámicas estigmatizadoras y excluyentes de las instituciones y los aparatos de externalización e historización de la realidad social). La pregunta queda así abierta para este neoconstruccionismo fenómenológico que propone Vázquez .
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